Mi departamento es un espacio que cada vez veo acrecentarse. Su silencio fue lo que me cautivó para comprarlo. Ahora, ese silencio, es lo que de él más detesto. Tengo 28 años, periodista de profesión y escritora por afición. Llevo años buscando lo mejor para mi, para la princesa de papá. Joyas, ropa fina y zapatos elegantes abundan en mi guardaropa. Pero mi interior y mi espacio vital estan completamente vacíos.
No dejo de pensar que tal vez mi labia insipida me hace sentir insuficiente, mi facha típica poco atrayente. Hoy, en el recuento de los daños, veo mis logros laborales y me enorgullecen, pero mi dedicación exagerada por conseguirlos me alejó de lo importante: amar.
La bipolaridad se ha convertido en mi carta de presentación, días en los que digo "Sí, estoy sola, pero feliz", como otros en los que "Estoy sola, y completamente deprimida". Frases que hoztigaron a mis amigas, quienes poco tienen para decir ya que su estado civil en facebook o es "en una relación", "casada", "comprometida" y hasta la menos agraciada de mis amigas "en una relación complicada". ¿Y yo? Ni a eso llego. Mis relaciones fueron tan fugaces que apenas y mi memoria puede alcanzarlas. Dos hombres en mi vida lograron marcarla de manera significativa. Ambos son felices, al lado de mujeres bellas y buenas. Ni los envidio, ni les deseo felicidad plena, aunque al comienzo sus vidas aquejaron a la mia hoy no son más que fantasmas a quienes no temo.
De todas formas no es fácil no invocarlos al repensar mi vida amorosa. Sentirte que realmente fuiste maravillosa, perfecta como ellos en algun momento lo dijeron. Hoy, le pregunto a Dios a qué se debe que mi bondad no haya tenido resultados, su respuesta aún la espero.
No lo culpo, ni le rezo a algún santo para que me haga el milagrito. Simplemente espero que me siga acompañando en cada momento de soledad que ocupa, en realidad, mis 24 horas del día.
Dicen que para cada hombre en este mundo hay 7 mujeres, creo que soy una de esas saladas que no llegó a ser la escogida. Maldita monogamia. Bueno en verdad no, odiaría ser una esposa más.
Sentada en el suelo, abrazada a la orilla de mi cama, hay días que lloro, tanto hasta que del cansancio me entrego por completo al sueño.
Y al despertar me siento pequeña, incluso más pequeña del medio metro que mido. Y el departamento se torna enorme, una cueva tenebrosa sin final, pero no me da miedo, porque se que en ella nisiquiera un moustro la habita. Solo yo y mi soledad.